La recrudecida crisis de los “partidos” y agrupaciones políticas que aqueja sin remedio a la derecha, se puso al desnudo en las pasadas elecciones generales y en las mal llamadas subnacionales. Sin duda la proliferación de siglas traduce una representatividad postiza, pues ellas por definición no cuentan con perfil ideológico propio, estructuras sólidas o alianzas consistentes, apenas meros ensayos electoreros o de acatamiento a órdenes emitidas por el caudillo de turno, un ejemplo patético es lo acontecido entre el presidente y vicepresidente del Estado.
Desde distintas posiciones se reclama la modificación de las leyes electorales, pero con frecuencia se olvida que el reconocimiento de las agrupaciones a cargo del TSE o los TEDs se ha llegado a flexibilizar tanto, que acabó desnaturalizado a esas colectividades, sobre todo a nivel municipal. Ese mosaico de siglas convierte a la participación ciudadana en un taparrabos de la desprestigiada democracia pactada.
Lo de “sub” alude a la subalternización de los actores o sujetos en procesos electivos. El contrasentido es que las autoridades electas deberían denominarse subgobernadores, subasambleistas, subalcaldes y subconcejales. Todo ello da cuenta de una paradoja relación centro/periferia, en tiempos que se reconocen las autonomías y se pregona en las regiones y ciudades la prioritaria descentralización.
Ahora bien, la cacareada gobernabilidad está en jaque, por carencia de base social del oficialismo y del remedo partidario “Libre”. Hace poco se puso en evidencia que las bancadas de las fracciones burguesas no logran consensos, como en la interpelación parlamentaria al Ministro de Hidrocarburos. En la votación congresal fueron reveladores los desmarques de acólitos de Tuto Quiroga y Doria Medina y está claro que conseguir dos tercios en la maraña de siglas de asambleístas se le hace cuesta arriba al régimen entreguista.
Por contrapartida, para hacer frente a la arremetida neoliberal, tanto las fuerzas populares como de organizaciones de izquierda en gran medida aún siguen demoradas en el indispensable empeño de constituir un referente sociopolítico. Se trata, entre otros factores, de otra secuela de la división masista, fruto de aquellas contradicciones que supusieron a la postre su autoliquidación. Pero esta situación no puede prolongarse más, ante el descontento generalizado de la población.
La defensa y proyección de los intereses de los obreros, campesino indígena originaros, y de sectores medios citadinos, requiere configurar un proyecto unitario alternativo de carácter plural, constituye la prioridad de corto y mediano término. Frente a ello, la reacción proimperialista y sus agentes internos, apelan cualquier sigla de vida efímera, generando contradicciones secundarias en el seno del pueblo
De ahí que reiteramos que la unidad, constituye una condición ineludible para fortalecer la resistencia y proyección del poder popular en la senda de la liberación nacional y social.